El ejército de los tristes
A las seis de la mañana, las alarmas tocan diana en el 3ºA “ cinco minutos más ”, -la retrasan, maldiciendo, arañando en vano unos instantes al reloj para obtener una falsa sensación de libertad-. Al segundo toque abren los ojos y, mirando al techo, suspiran con pesadez: “ Otro día más ”. Cogen el iPhone, comprueban las redes y sin cruzar palabra, se ponen en pie. Se enfundan el uniforme tras una ducha no muy larga -camisa de marca, corbata y traje, colonia cara; blusa de encaje, jeans y stilettos, bolso de Prada-. Mientras ella coge las llaves del Corolla verso, él apura de un sorbo apresurado el Nespresso de su taza. Se despiden en el ascensor, mecánicos, con un beso hasta la noche. Él se pierde hacia la boca del metro; ella se aleja con un acelerón en coche. En ese mismo instante, se abre la puerta en el 2ºC tras catorce horas de turno interminable. Sin ni siquiera encender las luces, se descalza y se despoja del sencillo atuendo -negro p...