Quiere latir
Quieres explicar cómo te sientes. Más bien, lo necesitas. Pero sientes tantas cosas y tan distintas a la vez que a la hora de expresarlas se te amontonan las ideas, se te agolpan las palabras, te colapsas... Y acabas por no decir nada. Así una y otra vez. Te vas guardando todo dentro, y esa bola se va haciendo cada vez más y más grande, tanto que al final no eres capaz de esconderla y los gestos, los ojos, las manos acaban revelando aquello que callan tus labios, todo eso que te encantaría gritar tan alto que hasta tú misma pudieras escucharlo.
Porque estás haciendo oídos sordos a las cosas que te preocupan. Han dejado de ser aquellos pensamientos infundados e infructuosos que, a pesar de entristecerte, no afectaban al desarrollo normal de tus actividades. Le dabas demasiadas vueltas a todo, pero eso te mantenía viva.
Ahora, sin embargo, ni siquiera piensas. Eres consciente de todo lo que pasa a tu alrededor, pero respondes con fría indiferencia. Se marchita una parte vital de tu entorno familiar y no haces nada por colaborar. Cada vez haces menos falta en tu círculo social y parece que te da igual. La persona que te completa se aleja y tú le dejas. Suena el teléfono y no contestas por pereza. Cancelas citas y fiestas con excusas vacías e inciertas. Te pasas el día sola encerrada en tu habitación sin apenas hablar con nadie con la excusa de que tienes que estudiar, y eso hasta podría ser admisible, porque al menos estarías empleando tu tiempo en algo productivo... Pero no te engañes, no te puedes concentrar. Tampoco eres capaz de leer ni de tocar. Ésta es la cruda realidad: te pasas el día tirada en la cama mirando al techo, sin más. De cuando en cuando, enciendes el ordenador, esa ventana que te une al nuevo mundo en el que te has sumergido y en el que tampoco te sientes del todo cómoda. Entablas conversaciones banales, miras fotos que no te has hecho y navegas entre recuerdos ajenos. Vives a través de otros todas esas experiencias que no tienes fuerzas para vivir por ti misma.
Y entonces, en medio de toda esta oscura apatía, aparece un rayito de sol que empieza a derretir el hielo de la muralla que has ido construyendo alrededor de tu corazón, ese que estaba entumecido y vacío y que se decía incapaz de sentir, pero que parece que todavía QUIERE latir.
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Felicidades por la entrada y por tu blog.